Economía ante el cambio climático

Mucho se ha escrito sobre el cambio climático, pero siempre de la mano de científicos que nos informaban de la evolución de la naturaleza en respuesta al uso que de ella hacemos. Unicamente el Gobierno Británico, fue el que encargó al economista Joseph Stern la elaboración de un estudio que reflejara realmente el impacto que en la economía podía tener este efecto en el mundo.

A resultas de este encargo, se publicó el Informe sobre la Economía del Cambio Climático (más conocido hoy como Informe Stern), el cual ha dado un mensaje bien claro a los gobiernos del mundo entero: solo si hoy se invierte el 1% del PIB, ahorraremos pérdidas de hasta el 20% en los años futuros.

Stern sugiere canalizar además dichas inversiones en campos en los que se obtenga un rápido rédito en el desempleo y en las economías y que paralelamente influyan positivamente en la sosteniblidad y con ello, en el freno de dicho cambio climático. Al respecto hace referencia a invertir en ciudades (en este campo he venido trabajando muchos años promoviendo las Smart Cities y el desarrollo sostenible de las ciudades), como espacios físicos que son en tanto y cuanto son las que canalizan una gran aportación de los servicios que demanda la sociedad; invertir en energía, en la medida que esta ofrece un efecto multiplicador en la economía (y con ello en el desempleo) y en la sosteniblidad; e invertir en tecnología.

Quien ha resumido muy bien dicho Informe ha sido el CSIC, a través del Instituto de Políticas y Bienes Públicos y cuyo resumen adjunto a partir de aquí por si quieres conocer más detalle: 

El recientemente publicado Informe sobre la Economía del Cambio Climático muestra que si no actuamos rápidamente para frenar el cambio climático podemos llegar a perder hasta el 20% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial anual de forma indefinida (Stern, 2006). El coste de evitar esta pérdida se sitúa en torno al 1% del PIB generado cada año. Como era de esperar, la recomendación que sale de comparar estos datos es que hay que actuar cuanto antes.

El Informe ha sido dirigido por Sir Nicholas Stern, un antiguo miembro del Banco Mundial, por encargo del Tesoro Británico. Se trata de un informe político riguroso, pero no es un estudio científico. Es decir, no ha pasado el proceso revisión propio del método científico ni tampoco es el resultado del consenso de un elevado número de científicos, como los informes del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC en inglés). Esta es a la vez su fortaleza y su debilidad. Es su punto fuerte porque, aunque algo diluido en cerca de 700 páginas, el mensaje transmitido es claro y sin ambigüedades: hay que actuar ya. Además, ha conseguido atraer la atención de la opinión pública sobre lo que tal vez es la cuestión abierta más importante respecto al cambio climático. Durante mucho tiempo se discutió la existencia del calentamiento global, luego el origen antropogénico y ahora la principal cuestión pendiente es si nos podemos permitir mitigar el cambio climático y cuánto esfuerzo nos interesa invertir en este proceso. Es decir, nos queda alcanzar el necesario consenso en torno a la economía del cambio climático. El Informe ha dado una respuesta contundente; tal vez, una respuesta demasiado contundente.

El Informe tiene dos partes claramente diferenciadas. Por un lado, presenta un análisis del estado de la cuestión sobre la economía del cambio climático, utilizando resultados de estudios científicos publicados y evaluados. Por ejemplo, los capítulos 3 a 5 describen los impactos del cambio climático en la sociedad, los capítulos 14 y 22, entre otros, muestran la necesidad de utilizar mecanismos de mercado, el capítulo 21 habla de la dificultad de la acción colectiva y el capítulo 25 de la conveniencia de frenar la deforestación. Esta parte es una fuente muy interesante de información y no debe de ser relegada en favor de la parte que más atención ha recibido y que paso a describir. El capitulo 6 presenta un modelo de crecimiento para analizar la interacción entre la economía y el clima. Este ejercicio proporciona los daños agregados reseñados en el primer párrafo, es original del Informe, es decir, no ha pasado ningún proceso de evaluación externa, y es la parte que ha centrado casi todas las críticas. 

En líneas generales se puede afirmar que el Informe ha avanzado relativamente poco en este apartado; utiliza un modelo convencional de crecimiento equilibrado; reconoce la necesidad y la dificultad de la coordinación internacional, pero supone la existencia de un planificador central preocupado por el bienestar mundial; y toma los daños de la literatura existente. No obstante, los resultados son significativamente distintos a los obtenidos por previos estudios. Aunque se ha criticado la función de daños por un sesgo a favor de los estudios más alarmistas, por extrapolarse demasiado lejos en el futuro (año 2200) o por no tener en cuenta la capacidad de adaptación; la diferencia con previos estudios se explica principalmente por la forma en que se compara el presente con el futuro.

Una sociedad que se pregunta si mitigar el cambio climático tiene que comparar costes y beneficios muy distantes en el tiempo, separados por generaciones. ¿Cómo comparamos mil euros hoy con mil euros dentro de 10 años, o dentro de 100? La respuesta del Informe es que los ponemos al mismo nivel, o casi. Hay al menos tres motivos por los que un individuo prefiere mil euros hoy que dentro de 10 años (por los que descuenta, reduce, los valores de dentro de 10 años cuando los compara con los actuales). Solemos ser impacientes, cuanto antes, mejor; además, puede que dentro de diez años no estemos aquí; y finalmente puede que ahora necesitemos más el dinero que dentro de 10 años, si esperamos que nuestro salario será más elevado dentro de una década. El Informe sostiene, siguiendo los argumentos morales propuestos por toda una serie de ilustres economistas, que desde el punto de vista de la sociedad el primer motivo no debe de aplicarse y que para el segundo sólo debemos tomar en cuenta la probabilidad de que la humanidad desaparezca. Esto resulta en un tipo de descuento del 0,1% anual (1.000 euros hoy valen 999 euros dentro de un año), muy distinto al utilizado por previos estudios (hasta el 3%). El problema con un tipo de descuento tan bajo es que permite justificar casi cualquier sacrificio de la generación actual por un incremento en el bienestar de las generaciones futuras. Volviendo al ejemplo arriba mencionada, la sociedad actual debería de estar dispuesta a pagar 900 euros por asegurar que dentro de 100 años nuestros descendientes tengan 1.000 euros adicionales. Más aún, aunque la renta per cápita actual es de 7.000 dólares y el modelo predice una renta de unos 90.000 dólares en el año 2200, el parámetro utilizado para comparar ricos y pobres también es muy bajo, por lo que se reduce poco el atractivo de beneficiar a una sociedad futura más rica con nuestro sacrificio actual. Nordhaus (2006) y Dasgupta (2006) muestran ejemplos realmente chocantes de las consecuencias de aplicar estos supuestos no sólo al cambio climático sino al conjunto de la economía. Básicamente estaríamos dispuestos a dedicar casi todo nuestro dinero a mejorar la situación de unas generaciones futuras que serán más ricas que nosotros.

Estas críticas van esencialmente dirigidas a indicar que, partiendo de los datos utilizados por el modelo, tal vez sea excesivo afirmar que el cambio climático acarreará una perdida entre el 5 y el 20% del PIB de forma permanente. Ahora bien, es muy posible que los datos incluidos en el modelo no sean todos los relevantes, sencillamente porque los desconocemos. Aunque el Informe hace un esfuerzo loable por incluir daños ajenos al mercado lo cierto es que nuestra capacidad de valorar escenarios tan distantes y con cambios no marginales, cambios importantes, es muy limitada. Si permitimos que nuestro clima se caliente de media 5 ó 6 grados, en torno a la diferencia entre el clima actual y la última glaciación, entramos en un terreno totalmente desconocido y no sabemos lo que va a pasar; por lo que nos es muy difícil medir los daños asociados. Además, cabe preguntarse si seguir asumiendo un crecimiento equilibrado es una hipótesis válida. El análisis coste-beneficio es una herramienta útil, pero debe de aplicarse con sumo cuidado cuando, extrapolando, extrapolando, llegamos al año 2200 con hasta 10 grados de aumento de la temperatura media y una renta per cápita superior a 90.000 dólares.

Esta incertidumbre en torno a los daños a muy largo plazo hace que posiblemente la contribución mas importante del Informe sea la estimación que proporciona de lo que nos costaría limitar el cambio climático, estabilizando las concentraciones de CO2 en la atmósfera en torno a las 500-550 partes por millón (un aumento de la temperatura de aproximadamente 3 grados). 

Utilizando dos metodologías distintas, una que suma los costes de las distintas alternativas y otra que estima los costes agregados para el conjunto de la economía, el Informe llega a un valor en torno al 1% del PIB mundial anual (desgraciadamente con un error de +/- 3%). También muestra que los costes de un objetivo de estabilización más ambicioso son ya demasiado elevados, y que los costes de la meta descrita anteriormente también se harán inalcanzables si continuamos sin actuar. Aunque es más dinero del que jamás hemos conseguimos dedicar a la ayuda al desarrollo, el famoso 0,7, el uno por ciento del PIB es una cantidad de dinero que probablemente nos podemos permitir para evitar entrar en el terreno desconocido arriba descrito. Además, para llegar a estos costes el Informe ha decidido centrarse en las opciones energéticas, no explorando en profundidad alternativas como la reducción de la deforestación que tiene unos costes relativamente bajos. La deforestación supone hoy en día el 18% de las emisiones mundiales de CO2 y reducirla tendría asociados toda una serie de beneficios actuales e inmediatos que los lectores de esta revista conocen mejor que nadie. Estimar los daños a muy largo plazo es el objetivo final, pero debemos de empezar a construir el necesario consenso por los costes de mitigar el cambio climático, netos de los beneficios a corto y medio plazo.

Fuentes: http://www.sternreview.org.ukhttp://www.econ.cam.ac.uk/faculty/dasgupta/Stern.pdf

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